
«No lo sé, pero llega un punto en tu vida que no quieres nada, que por mucho que te digan algo o te den ánimos te sientes mal y ya. Llega un punto en tu vida, que odias muchas cosas y que por muy duro que intentes aparentar te llegas a romper. La verdad es que después de todo, puedo pasar horas y días llorando por no sé qué, por algo, pero al día siguiente me siento relativamente bien. Lo gracioso es que la soledad, pero la verdadera soledad, es sentirse solo aun sabiendo que tienes a mucha gente que te quiere».
Dicen que a cierta edad las personas nos hacemos invisibles, que nuestro protagonismo en la escena de la vida declina y que nos volvemos inexistentes para el mundo en el que solo cabe el ímpetu de los años muy jóvenes, y de las figuras delgadas y espectaculares. Yo no sé si me habré vuelto invisible para el mundo, es muy probable, pero nunca fui tan consciente de mi existencia como ahora, nunca me sentí tan protagonista de mi vida, y nunca disfrute tanto de cada momento.
Ya no pretendo ser una princesa de cuento de hadas. Descubrí al ser humano que sencillamente soy, con sus miserias y grandezas, que puedo permitirme el lujo de no ser perfecta, de estar llena de defectos, de tener debilidades, de equivocarme, de hacer cosas indebidas, de no responder a las expectativas de los demás.
Cuando me miro al espejo ya no busco a la que fui, sonrío a la que soy.
Asumo y celebro mis contradicciones. Valoro el camino recorrido, la experiencia que me han dado estos años.
Qué bueno es no sentir el desasosiego permanente que produce el correr buscando que todos me acepten y me quieran.
Qué bueno es respetarme.
Que privilegio haber finalmente comprendido que la magia, la felicidad y el poder están dentro de mí.



